¡¡¡Hola, MADAFAKAS!!!... ¿Qué tal están? Aquí estamos, un año más, frente al ordenador, tecleando estas palabras para dar comienzo a un nuevo especial de Halloween. Como ya es tradición, estos primeros párrafos sirven también como una especie de pequeño resumen de lo que estamos viviendo mientras escribo esto. Una fotografía del momento. Porque, cuando dentro de unos años alguien encuentre este artículo y se pregunte qué coño estaba pasando en 2026, al menos tendrá este documento para hacerse una idea. Y bueno… novedades.
Han pasado ya seis años desde aquel Apocalipsis de Hacendado que fue la pandemia del COVID. Sobrevivimos. Más o menos. Europa continúa metida en una guerra en su propio territorio frente a Rusia. Nos pasó lo del volcán. Tenemos otra guerra en Oriente Medio, con genocidio incluido. Tuvimos un apagón que dejó a toda España a oscuras (un día en el que, de repente, redescubrimos que la radio a pilas seguía existiendo).
Nos enemistamos con Naranjito y su progenie... ¡¡España gano su segundo Mundial!! y naranjito quiso salir en la foto.
Este verano, entre ola y ola de calor, llegando a temperaturas de 40 grados, tuvimos una "invasión" de 72.000 migrantes llegando a Ceuta a lo horda zombie; con esto no quiero ser despectivo, pero las imágenes que vimos se asemejaban a Guerra Mundial Z.
Y por si todo esto fuera poco, hace no mucho vimos cómo una señora de 87 años era desahuciada de muy malas maneras, algo que terminó provocando una nueva oleada de movilizaciones y acampadas por la vivienda, como una especie de 15M versión 2026. Porque sí, amigos: aparentemente hemos decidido volver a desbloquear contenidos de hace quince años.
Y cuando pensábamos que ya teníamos suficiente material para escribir el guion de una distopía… ¡ZAS!... hace unos días, el Gobierno de España anuncia elecciones... Eramos pocos y parió la abuela.... Es más, ahora mismo (estoy escribiendo esto el 7 de octubre), a la edad de 87 años ha fallecido la señora Maricarmen, todo un masazo. Suma y sigue este 28 de octubre fue el accidente de los trenes en Toledo... no encuentro palabras para esto.
Así que dentro de poco más de un mes volveremos a pasar por las urnas. Y teniendo en cuenta el panorama, podemos prepararnos para unas Navidades muy guapas, o nos comemos el turrón… o nos comemos un marrón.
La verdad es que ya no sé si estoy viviendo en España, en una película de terror, en una sátira política o en una partida de The Sims manejada por alguien que nos tiene en modo pesadilla del DOOM. Y yo, sinceramente, me siento como el protagonista de aquel meme: This is fine.
Así que, mientras el mundo continúa ardiendo a nuestro alrededor, nosotros vamos a hacer lo que mejor se nos da: Hablar de películas de terror.
Porque, al fin y al cabo, si algo hemos aprendido durante estos últimos años es que la realidad tiene una capacidad bastante preocupante para superar a la ficción.... y como diria mi amigo Marcos... TODO SALDRA BIEN (chiste interno).
Bienvenidos, un año más, al especial de Halloween.
Si sois asiduos a este blog, ya saben cómo funciona esto y cuáles son las reglas del especial de Halloween. Son sencillas: buscamos dos películas que transcurran durante la noche de Halloween, pero además tengan un nexo de unión, una idea que las conecte y nos permita hablar de ellas como algo más que dos películas de terror para pasar la noche. En otros años hemos hecho, el especial de payasos, en otro fue las atracciones de terror.
Y este año, ese vínculo lo encontramos en la televisión. Y no es la primera vez que nos metemos en estos berenjenales. Ya en 2020 preparé una doble sesión con TerrorVision y La muerte viene en vídeo, dos películas en las que los horrores —un monstruo alienígena en una y los muertos vivientes en la otra— abandonaban la pantalla para convertir la vida de unos pobres incautos en un auténtico infierno. Os dejo por aquí el enlace por sí os apetece echarle un vistazo.
Pero esta vez vamos un paso más allá. En Ghostwatch y Late Night with the Devil, el terror no necesita saltar del televisor para atraparnos. Le basta con jugar con nuestra confianza en lo que vemos, con los códigos de la televisión y con esa extraña costumbre que tenemos de dar por cierto aquello que parece real. Porque, a veces, el mayor truco no consiste en sacar un monstruo de la pantalla, sino en conseguir que creamos que está ahí. Ahora un poco de contexto...
EL PODER DE LOS MEDIOS: CUANDO LA FICCIÓN SE DISFRAZA DE REALIDAD
Creo que hay algo profundamente que me mosquea con la facilidad con la que podemos llegar a creer una mentira, cuando viene envuelta en el formato adecuado. No hace falta que sea especialmente ingeniosa, o que esté bien argumentada, ni siquiera que resista un análisis mínimamente riguroso. A veces basta con que alguien la diga por la radio, aparezca en un informativo o salga de la boca de un presentador al que llevamos años viendo entrar en nuestras casas. Porque, seamos sinceros, no siempre creemos lo que nos cuentan después de comprobarlo: muchas veces lo creemos, sencillamente, porque confiamos en quien nos lo cuenta. En definitiva si nos cuadra, cuela.
Durante décadas, la radio y la televisión disfrutaron de una autoridad que hoy puede parecernos casi ingenua, pero que tenía una explicación muy sencilla. Eran ventanas al mundo que nos conectaba a la realidad del momento. Si ocurría algo importante, esperábamos que nos lo contaran desde allí. Si una voz interrumpía la programación para anunciar una noticia urgente, entendíamos que había una razón para hacerlo. Si un periodista conectaba con un supuesto testigo o un presentador de prestigio miraba solemnemente a cámara, nuestro cerebro reconocía todos aquellos códigos y los asociaba con una información verificada. No necesitábamos conocer personalmente a quien hablaba. El propio medio le concedía una patina de su credibilidad.
Y ese es precisamente el asunto: la forma en que recibimos una información puede condicionar tanto nuestra percepción de ella como su propio contenido. No es que seamos idiotas por naturaleza (aunque algunas veces lo parezcamos), sino que interpretamos lo que tenemos delante utilizando las señales que conocemos. Si todo parece una noticia, si quienes hablan se comportan como periodistas y el relato reproduce los códigos de una retransmisión real, podemos acabar aceptando como cierto algo que nunca ha ocurrido. Sobre todo si nos incorporamos a la historia cuando ya ha comenzado y no hemos escuchado la advertencia que explicaba que aquello era ficción.
Pero hay algo que nos hace todavía más vulnerables: las emociones. Cuando una información despierta nuestra ira, nos causa miedo, alimenta el odio o provoca una indignación visceral, es fácil que reaccionemos antes de detenernos a comprobar qué estamos viendo. Compartimos, condenamos y señalamos; y, en ocasiones, solo después nos preguntamos si aquello era cierto. Porque una mentira que consigue enfurecernos puede propagarse mucho más deprisa que una verdad que exige tiempo, contexto y reflexión.
El 30 de octubre de 1938, Orson Welles y el Mercury Theatre on the Air llevaron este principio a uno de sus ejemplos más célebres. Su adaptación radiofónica de La guerra de los mundos, basada en la novela de H. G. Wells, interrumpía una aparente programación musical con noticias cada vez más alarmantes sobre una invasión procedente de Marte. La ficción adoptaba el lenguaje de la información: boletines extraordinarios, supuestas conexiones con el lugar de los acontecimientos y testimonios que daban la impresión de describir algo que estaba sucediendo en aquel mismo instante.
El programa había anunciado su naturaleza ficticia, peeeeroooooo.... algunos oyentes que sintonizaron más tarde no escucharon aquella introducción y confundieron parte de la dramatización con noticias reales. Y aquí como dirían los de Deportes en el Recuerdo (sino saben de que hablo buscarlo) esto se volvió la hecatombe la debacle total.... Hubo llamadas de personas preocupadas y episodios de alarma, aunque la imagen popular de una nación entera sumida en el pánico ha sido exagerada con el paso del tiempo. Lo verdaderamente revelador es que una ficción radiofónica pudiera provocar reacciones reales al imitar los códigos que el público asociaba con una noticia.
Aquí les dejo la trasmisión original subtitulada en castellano para poderla escuchar.
Once años después, el 12 de febrero de 1949, una adaptación de la misma historia emitida por Radio Quito, en Ecuador, tendría consecuencias mucho más graves. La retransmisión simulaba informar de una invasión extraterrestre y llegó a provocar alarma entre parte de la población. Cuando se descubrió que aquello era una dramatización, la reacción derivó en una multitud enfurecida que atacó el edificio donde se encontraban la emisora y las instalaciones del diario El Comercio. El incendio posterior causó 5 víctimas mortales. Las circunstancias y algunas cifras del episodio varían según las reconstrucciones históricas, pero el desenlace trágico está documentado.
En ambos casos, la radio no se limitó a transmitir una historia: proporcionó el contexto que hizo posible interpretarla como una realidad palpable. Que nos lleva a esta pregunta... ¿cuánto de lo que creemos depende de la información que recibimos y cuánto depende de la confianza que depositamos en el medio que nos la presenta?
Y llegamos a 2026. Si antes una voz podía hacernos creer que los marcianos estaban invadiendo la Tierra, hoy la inteligencia artificial permite fabricar imágenes, vídeos y voces capaces de dar credibilidad a historias falsas. Desde montajes cutres de Donald Trump acompañado de extraterrestres hasta falsificaciones mucho más sofisticadas, la frontera entre lo auténtico y lo fabricado se vuelve cada vez más difícil de reconocer a simple vista.
Amigos, nos encontramos ante un nuevo cisma: ya no basta con preguntarnos si una noticia es cierta; también tenemos que cuestionar si las imágenes que supuestamente la demuestran son auténticas. ¿Cómo construimos una idea compartida de la realidad cuando aquello que vemos y escuchamos puede manipularse con tanta facilidad? Buena pregunta... y no tengo la respuesta.
Si tuviera que dar una solución a este tema podría ir en la necesidad de aprender a verificar. Pero el problema sigue ahí: durante mucho tiempo, ver una imagen o escuchar una voz nos parecía una prueba suficiente. Ahora sabemos que la apariencia de autenticidad no garantiza la verdad.
Y esta claro que en ese terreno donde el terror puede encontrar una de sus herramientas más eficaces. Solo imaginar una emisión con presentadores conocidos, conexiones en directo, testimonios aparentemente espontáneos y una producción que reproduce todos los códigos de un programa real... no hace falta imaginarlo eso es Ghostwatch.
UNAS COSAS ANTES DE HABLAR DE GHOSTWATCH
Obviamente la película de Lesley Manning y Stephen Volk, no salio por generación espontánea, antes de hablar de Ghostwatch hay que hablar de dónde viene parte de su lenguaje. Hablemos de antecedentes y la primera parada es el caso que inspiro esta película que no es otro que el Caso de Enfield y no hablo de Expediente Warren 2.
El caso del poltergeist de Enfield
Esto tuvo lugar entre 1977 y 1978 en una vivienda del norte de Londres, donde Peggy Hodgson y sus cuatro hijos comenzaron a informar de fenómenos extraños: golpes en las paredes, muebles que se desplazaban y objetos que parecían salir despedidos sin explicación aparente.
El caso atrajo rápidamente a la prensa británica y a investigadores de la Society for Psychical Research, entre ellos Maurice Grosse y Guy Lyon Playfair, que realizaron numerosas visitas y vigilias durante más de un año, recopilando testimonios, fotografías y grabaciones. Entre los episodios más célebres estaban los supuestos movimientos de objetos y una voz grave que parecía manifestarse a través de Janet Hodgson, de once años.
Sin embargo, el caso nunca estuvo libre de controversia. Algunos investigadores sospecharon que las niñas habían fingido parte de los fenómenos, algo que Janet y su hermana llegaron a admitir parcialmente, aunque Janet sostuvo que no todo había sido un engaño. Entre testimonios contradictorios y acusaciones de fraude, Enfield se convirtió en uno de los casos paranormales más conocidos y discutidos del Reino Unido.
Y aquí hay un elemento que me parecen interesante, y es que la propia BBC ya había llevado Enfield a su audiencia. La periodista Rosalind Morris, de BBC Radio 4, acudió a la casa durante la investigación. Es decir, la BBC ya había convertido aquel supuesto fenómeno paranormal en material periodístico mientras los acontecimientos estaban sucediendo. Siendo esto un elemento clave de lo que mencionamos anteriormente y es la credibilidad, porque años después Ghostwatch no iba simplemente a contar una historia de fantasmas, sino jugaría con la autoridad que tiene la BBC cuando nos cuenta una historia de fantasmas.
El formato televisivo
Cuando Ghostwatch apareció en 1992, el espectador británico ya estaba acostumbrado a programas que mezclaban información, investigación, testimonios, reconstrucciones dramáticas y participación del público. El ejemplo más evidente era Crimewatch. El programa había comenzado en 1984 y utilizaba reconstrucciones de delitos reales, testimonios y llamadas de los espectadores para intentar resolver casos.
Y en ese mismo 1992 había aparecido 999, presentado por Michael Buerk, que mezclaba relatos de emergencias reales con reconstrucciones dramáticas.A Lesley Manning le interesaba precisamente esa televisión que estaba empezando a borrar las fronteras entre documental, información y dramatización. New Statesman recoge cómo la directora veía en 999 una combinación especialmente inquietante: la voz sobria y tranquilizadora de la televisión acompañando imágenes dramáticas. También señala la influencia de Crimewatch.
Y luego estaba Watchdog, que había comenzado
como una sección de Nationwide y se convirtió en uno de
los ejemplos de televisión británica basada en investigación y
participación del espectador.
Y este es el formato que exploto inteligentemente Ghostwatch, el público ya había aprendido a reconocer los códigos de ese tipo de televisión, un presentador serio, una investigación, una familia contando su experiencia, el uso de las llamadas telefónicas, etc... Y un programa que te dice, de una manera u otra:
"Esto está pasando. Tú estás viendo lo que está pasando."
Eso es exactamente lo que Stephen Volk y Lesley Manning iban a utilizar.
Volk había concebido originalmente Ghostwatch como un proyecto mucho más grande, una serie de seis episodios. El proyecto terminó reduciéndose a una sola emisión.
Y aquí está la jugada maestra: En lugar de hacer una película sobre un programa de televisión... hicieron que la película fuera el programa de televisión. La BBC no necesitaba inventar desde cero una televisión ficticia. Le bastaba con reproducir suficientemente bien la televisión que sus espectadores ya conocían. Presentadores reales, un estudio real, una familia aparentemente real, conexiones en directo, teléfonos.... el paquete completo y, sobre todo, esa sensación de que estamos viendo algo que está ocurriendo ahora mismo.
Lesley Manning estudió precisamente ese lenguaje televisivo para construir la película. La directora ha explicado que no quería limitarse a hacer una película de terror con aspecto documental: estaba interesada en desmontar las convenciones del propio lenguaje televisivo.
La directora incluso abandonó el habitual formato de 16 mm de Screen One y rodó en vídeo, utilizando tecnología televisiva como las cámaras de infrarrojos.
Ghostwatch 1992
Halloween de 1992, enciendes la televisión y pones BBC One; de repente aparece Michael Parkinson.
Y cuando tienes a
sentado delante de una cámara de la BBC, y por tu cabeza no
piensas: Cuidado, esto podría ser una película de terror; tu
cerebro piensa: "Este señor es un trabajador serio. Y
ahí comienza la broma.
La película nos sigue a un equipo de periodistas que investiga una supuesta casa encantada en el norte de Londres. Lo que comienza como una investigación sobre fenómenos paranormales aparentemente inofensivos se transforma poco a poco en una experiencia aterradora, mientras los presentadores descubren que la presencia que habita la vivienda podría ser mucho más peligrosa de lo que imaginaban.
Pero claro todo esto empaquetado en ese formato tan familiar para el televidente, donde la investigación televisiva aparentemente en directo sobre una familia de Northolt que aseguraba estar sufriendo fenómenos paranormales.
Michael Parkinson permanece en el estudio con Craig Charles, mientras que Sarah Greene está sobre el terreno, y a Mike Smith participa desde otra localización. Todos ellos interpretándose esencialmente a sí mismos.
Y luego está la familia y la casa. Pasando por los teléfonos y luego Piper... Y exactamente aquí está la verdadera trampa, porque Ghostwatch no tenía que convencernos de que Pipes existía... lo que tiene que convencernos es que aquello que estábamos viendo era televisión. Y eso amigos es la idea me hace explotar la cabeza.
Por cierto hablemos un poco más sobre Pipes.
EL FANTASMA QUE JUEGA AL ESCONDITE
Este es, para mí, uno de los elementos más perturbadores de Ghostwatch. Y resulta curioso comprobar cómo, cuando ponemos esta película junto a Late Night with the Devil, ambas utilizan un recurso similar: la aparición fugaz de una presencia sobrenatural que se esconde dentro de la propia imagen.
La primera vez que ves Ghostwatch, incluso puede que no te des cuenta de que Pipes está ahí. Pero tu cerebro ya ha recibido la información. Algo se ha colado en el plano, casi de forma subliminal, dejando una pequeña huella en nuestra percepción. Es un elemento que penetra en nuestra psique y genera esa sensación de incomodidad, esa ruptura de la realidad que convierte una imagen aparentemente normal en algo inquietante.
Precisamente, esta misma herramienta también se explota en Late Night with the Devil. Pero aquí me voy a adelantar un poco: personalmente, me parece que Ghostwatch maneja mucho mejor la presencia de Pipes que la de la mujer del presentador en la película de Cameron y Colin Cairnes.
En Ghostwatch, Pipes no necesita entrar en escena, ponerse delante de la cámara y anunciar: «¡Hola, soy el fantasma!». No necesita una presentación ni una aparición espectacular. Su presencia se construye a través de pequeños detalles, de figuras fugaces que pueden pasar inadvertidas en un primer visionado y que adquieren un significado completamente distinto cuando sabes qué estás buscando.
Lo verdaderamente perturbador es que la película no necesita interrumpir su retransmisión ficticia para asustarte. Le basta con dejar que el horror permanezca ahí, escondido a plena vista, mientras los personajes siguen hablando de cualquier otra cosa.
Y eso es lo que más me gusta de este recurso: el fantasma no solo está dentro de la película. También está en la mirada del espectador, que ya no puede dejar de buscarlo.
Oficialmente, se suelen contabilizar ocho apariciones de Pipes a lo largo del largometraje, aunque lo más curioso es que Lesley Manning, llegó a plantear durante la producción el objetivo de incluir hasta trece apariciones, aunque ese número no puede darse por confirmado en el montaje final. ¿Cuantas has visto tú?
Durante la emisión de Ghostwatch, la BBC mostró el número de teléfono 081 811 8181, una línea que utilizaba habitualmente para recoger las opiniones de los espectadores. La producción había previsto la participación del público e incluso había preparado un mensaje grabado para advertir a quienes llamaran de que estaban viendo una ficción.
La situación tenía una ironía perfecta. Si alguien intentaba llamar para averiguar si lo que estaba viendo era real y encontraba la línea ocupada, podía interpretar que miles de espectadores estaban intentando alertar a la cadena de lo mismo.
El teléfono, concebido como una vía para interactuar con el programa, terminó alimentando la confusión que la producción había creado. El terror parecía haber saltado de la pantalla al mundo real.
Quejas, indignación y algunas historias insólitas
La reacción del público fue muy variada. Hubo gente que disfrutaron del programa, otros que se sintieron engañados y familias que llamaron preocupadas por el miedo que habían experimentado sus hijos.
En una intervención posterior en Points of View, la BBC comunicó que su departamento de atención había registrado 835 llamadas relacionadas con la emisión. De ellas, 382 consideraban que el programa había insultado la inteligencia de los espectadores; 275 lo juzgaban de mal gusto; 62 expresaban quejas generales y 116 manifestaban que les había gustado.
Estas cifras corresponden a las llamadas registradas por ese departamento, no al total de comunicaciones recibidas aquella noche. Por otra parte, el Broadcasting Standards Council, organismo encargado entonces de supervisar determinados aspectos de la radiodifusión británica, recibió 35 reclamaciones formales relacionadas con el programa.
Pero aqui venimos por el chisme....¿o no?... Una de las más conocidas es la de una mujer que supuestamente reclamó dinero para comprarle unos pantalones nuevos a su marido, después de que el hombre se asustara tanto viendo la emisión que sufriera un accidente. El guionista Stephen Volk ha recordado esta historia en retrospectivas sobre Ghostwatch, aunque debe tratarse como una anécdota atribuida a las reacciones posteriores, no como una resolución oficial.
También circularon relatos sobre niños aterrorizados, espectadores que aseguraban haber sufrido episodios de angustia y familias preocupadas por las consecuencias del programa. Otras historias, como las que hablaban de mujeres embarazadas que se habían puesto de parto por el miedo o de religiosos que acusaban a la emisión de haber invocado fuerzas demoníacas, se han repetido en fuentes secundarias, pero no cuentan con el mismo respaldo documental que las cifras de reclamaciones.
Martin Denham y la batalla judicial
La controversia adquirió una dimensión mucho más grave con el caso de Martin Denham, un joven de dieciocho años con dificultades de aprendizaje que murió por suicidio cinco días después de la emisión.
Según sus padres, Martin había quedado profundamente afectado por el programa. La familia explicó que los ruidos de las tuberías de su propia casa le preocupaban, en un contexto que recordaba a los fenómenos atribuidos a Pipes, el supuesto fantasma de Ghostwatch. Sus padres responsabilizaron a la emisión y llevaron una reclamación ante los organismos correspondientes.
El caso, sin embargo, tuvo consecuencias institucionales. Después de que la reclamación no prosperara inicialmente, los Denham acudieron a los tribunales y consiguieron que el High Court obligara al Broadcasting Standards Council a examinarla.
En 1995, el organismo criticó la manera en que la BBC había presentado el programa. Consideró que la cadena no había dejado suficientemente clara su naturaleza ficticia y que había cultivado deliberadamente una sensación de amenaza. La resolución no atribuyó a Ghostwatch la muerte de Martin, pero situó en el centro del debate la responsabilidad de los medios cuando una ficción se presenta de manera que puede confundirse con un acontecimiento real.
¿Un programa prohibido durante diez años?
Una de las historias más repetidas sobre Ghostwatch es que la BBC lo prohibió durante una década. La realidad es algo más matizada: no hubo una prohibición formal de diez años en el sentido estricto que suele sugerir esa expresión, pero el programa no volvió a emitirse íntegramente en la televisión británica durante años.
Su llegada al mercado doméstico en 2002, coincidiendo con el décimo aniversario de la emisión original, contribuyó a consolidar la leyenda del especial «prohibido durante diez años».
La polémica también llegó al ámbito médico. En 1994, el publicó un artículo que describía reacciones de estrés en dos niños de diez años después de ver el programa. Estos casos alimentaron el debate sobre los efectos que una ficción especialmente realista podía tener en determinados espectadores, aunque no permiten concluir que la emisión provocara consecuencias generalizadas.
El verdadero legado de Ghostwatch no depende de que todas las anécdotas que circulan sobre aquella noche sean ciertas. Su importancia reside en haber llevado al extremo una idea tan sencilla como inquietante: utilizar la credibilidad de la televisión para hacer creer al público que estaba presenciando algo real... y eso amigos es disruptor.
LATE NIGHT WITH THE DEVIL (2023)
Con una valoración de 6,4 en FilmAffinity y 7,0 en IMDb, de la mano de los hermanos Cameron y Colin Cairnes y con David Dastmalchian al frente del espectáculo, tenemos... Late Night with the Devil, una película australiana de 2023 que nos transporta directamente a la televisión estadounidense de 1977. Una de esas propuestas que mezclan el terror sobrenatural con el espectáculo televisivo, el humor negro y una atmósfera setentera que parece sacada de un viejo programa nocturno. La película nos presenta a Jack Delroy, un presentador que, en plena noche de Halloween, decide organizar una emisión especial con invitados bastante peculiares, entre ellos una joven que supuestamente está poseída por una entidad demoníaca. Lo que comienza como un intento desesperado de levantar la audiencia de su programa terminará convirtiéndose en una noche que nadie, ni delante ni detrás de las cámaras, podrá olvidar. ¡¡¡Que alguien corte la emisión!!!
Hablemos un poquito de quien está detrás de esta obra.

Cameron y Colin Cairnes: antes de Late Night with the Devil
Los hermanos australianos Cameron y Colin Cairnes ya tenían cierto recorrido dentro del cine de terror antes de lanzarse a esta aventura televisiva. Entre sus trabajos anteriores encontramos Celestial Avenue (2007), 100 Bloody Acres (2012) y Scare Campaign (2016). Tres proyectos que muestran su interés por mezclar el terror con la comedia negra, las situaciones disparatadas y los juegos con los propios códigos del género.
Pero hay un detalle especialmente interesante: Colin Cairnes también tenía experiencia trabajando en televisión en Singapur, donde dirigió sitcoms utilizando el sistema multicámara y con público presente en el estudio. Una experiencia que resultaría fundamental para recrear con tanta autenticidad el funcionamiento de un programa nocturno de los años setenta. Así que, cuando nos sentamos a ver Night Owls, no estamos ante dos directores que simplemente han construido un decorado retro: saben bastante bien cómo funciona la maquinaria televisiva.
David Dastmalchian y los presentadores de terror
La elección de David Dastmalchian para interpretar a Jack Delroy tiene una historia bastante curiosa. Los hermanos Cairnes descubrieron un artículo que el actor había en el 2021 publicó en FANGORIA Vol. 2 #11 el artículo “The Ferrymen (and Women) of Fright”. dedicado a los llamados Horror Hosts: aquellos presentadores que introducían películas de terror en las televisiones locales estadounidenses, generalmente caracterizados como criaturas monstruosas y acompañados de un humor bastante macabro.
Dastmalchian no era un simple aficionado: sentía una auténtica fascinación por esta tradición televisiva e incluso había creado su propio personaje, Count Crowley, un presentador de terror que protagoniza sus propios cómics.
Los directores quedaron especialmente impresionados por ese conocimiento y consideraron que era el candidato perfecto para dar vida a Jack Delroy. No solamente por sus dotes interpretativas, sino porque comprendía perfectamente el universo al que pertenecía el personaje.
En definitiva, no tuvieron que explicarle cómo debía comportarse un presentador de terror de aquella época: ¡ya llevaba años metido en ese mundo!
Estados Unidos en los años 70: el fin de la inocencia
Para entender el ambiente que recrea Late Night with the Devil, hay que echar un vistazo a la década de los setenta en Estados Unidos. Una época bastante convulsa en la que aquella imagen idílica de la América de los años cincuenta y sesenta comenzaba a resquebrajarse por todas partes.
La guerra de Vietnam, las protestas estudiantiles, los movimientos contraculturales y los enfrentamientos sociales habían generado una profunda sensación de desconfianza. A esto se sumó el escándalo Watergate (1972-1974), que terminó con la dimisión del presidente Richard Nixon y dejó tocada la credibilidad de las instituciones estadounidenses.
También estaba muy presente el impacto de Charles Manson y sus seguidores, cuyos crímenes de 1969 habían sacudido profundamente a la sociedad. La contracultura, que para muchos había representado una promesa de libertad, comenzaba a mostrar también su cara más oscura.
Y mientras todo esto sucedía, el miedo a lo oculto, las sectas, el satanismo y las supuestas prácticas demoníacas iba ganando terreno en el imaginario popular. Un caldo de cultivo que acabaría alimentando lo que posteriormente se conocería como Satanic Panic, una oleada de temor social que alcanzaría especial intensidad durante los años ochenta, aunque sus antecedentes ya estaban presentes en la década anterior.
Una precisión histórica importante para el artículo: aunque los antecedentes del miedo al satanismo ya estaban presentes en los setenta, la llamada Satanic Panic alcanzaría su punto álgido durante los años ochenta y principios de los noventa.
También podemos añadir una última conexión con el cine de terror de aquella época: películas como The Exorcist (1973) y The Omen (1976) contribuyeron a popularizar las imágenes de posesiones, cultos y amenazas demoníacas.
Y precisamente en ese ambiente coloca la película su emisión de Halloween de 1977: una sociedad fascinada y al mismo tiempo inquieta por lo sobrenatural, donde hablar de demonios, posesiones y ocultismo podía atraer tanto el miedo como la audiencia. Una combinación perfecta para que Jack Delroy intente convertir el mismísimo infierno en un espectáculo televisivo.
Una televisión dentro de otra televisión
Si Ghostwatch utilizaba la credibilidad de la televisión para hacernos creer que estábamos asistiendo a una investigación paranormal auténtica, Late Night with the Devil juega en un terreno parecido, aunque con una propuesta bastante diferente. Aquí no tenemos un programa de investigación de la BBC, sino un espectáculo nocturno estadounidense de los años setenta, con su presentador carismático, sus invitados extravagantes, sus aplausos, sus pausas publicitarias y esa necesidad constante de ofrecer algo que mantenga al espectador pegado al televisor.
Uno de los mayores logros de Late Night with the Devil es su reconstrucción visual. Los Cairnes no querían que viéramos simplemente una película ambientada en los años setenta. Querían que tuviéramos la sensación de estar viendo una grabación recuperada de un programa televisivo de aquella época.
Para conseguirlo trabajaron con una puesta en escena inspirada en los programas nocturnos estadounidenses, utilizando tres cámaras simultáneas, iluminación de estudio y una disposición del plató que permitía recorrer visualmente el espacio. Incluso aprovecharon material y equipamiento de iluminación de época para reforzar la ambientación.
La película juega además con tres niveles de realidad:
- El
programa Night Owls, que representa la emisión televisiva de 1977.
- Las
imágenes que muestran lo que sucede fuera del escenario, entre
bastidores.
- La
película que nosotros estamos viendo, presentada como una grabación
recuperada de aquella noche.
Es un juego bastante inteligente porque nos coloca en la posición de espectadores de un acontecimiento que supuestamente ya ocurrió. No estamos viendo una historia que se desarrolla ante nosotros, sino un documento audiovisual que parece haber sobrevivido al paso del tiempo.
Cuando el espectáculo se convierte en terror
Aquí es donde Late Night with the Devil conecta directamente con Ghostwatch. Ambas películas entienden que la televisión tiene sus propios códigos y que no necesitamos mostrar constantemente algo sobrenatural para generar inquietud. Basta con introducir pequeños elementos que rompan poco a poco la normalidad de la emisión. En Night Owls, el público ha acudido para disfrutar de un especial de Halloween. Jack necesita audiencia, los invitados tienen que ofrecer espectáculo y la cadena espera un programa rentable. Todo está organizado para entretener.
Pero,
conforme avanza la noche, el espectáculo comienza a transformarse en
algo que nadie parece capaz de controlar.La película aprovecha muy
bien ese contraste entre la normalidad del programa y lo que empieza
a suceder dentro del estudio.
El presentador intenta conservar
su papel, los invitados reaccionan de maneras diferentes y el equipo
técnico continúa trabajando mientras la situación se vuelve cada
vez más extraña. La televisión, que debería ser el espacio seguro
desde el que contemplamos el espectáculo, termina convirtiéndose en
el escenario de la propia pesadilla.
¿Dónde pierde fuerza la película?
Después
de volver a ver Late Night with the Devil, creo que pierde algunos
puntos cuando comienza a abandonar las reglas del formato televisivo
que tan bien había construido. La película funciona especialmente
bien mientras consigue convencernos de que estamos viendo un programa
real de 1977. El plató, los presentadores, los invitados, los
aplausos y los pequeños momentos incómodos contribuyen a esa
sensación de autenticidad.
Sin embargo, hay determinados
pasajes entre bastidores, especialmente durante los cortes
publicitarios, que me sacan un poco de esa ilusión. La utilización
de imágenes en blanco y negro para mostrar conversaciones privadas y
acontecimientos fuera del escenario plantea una pregunta inevitable:
¿por qué está esa cámara grabando precisamente esos momentos?
Entiendo
lo que buscan los directores, pero creo que mantener la lógica de
las cámaras del estudio, incluso durante las pausas, habría ayudado
a reforzar todavía más la sensación de estar viendo una
retransmisión auténtica. Y algo parecido me sucede con el tramo
final. Cuando la película comienza a volverse mucho más
psicodélica, espectacular y desatada, pierde parte de esa
personalidad televisiva que la hacía tan especial.
No digo
que el desenlace no tenga fuerza visual ni que no funcione como
espectáculo de terror. Pero, personalmente, creo que cuanto más
espectacular se vuelve Late Night with the Devil, menos parece Late
Night with the Devil.
Es una paradoja curiosa: la película alcanza sus momentos más llamativos justo cuando se aleja de aquello que la diferenciaba de otras propuestas del género.
La
polémica de la inteligencia artificial
Y esto es lo que
engancha con la IA... No podemos hablar de la película sin mencionar
la polémica que surgió tras conocerse el uso de imágenes generadas
mediante inteligencia artificial. Los hermanos Cairnes confirmaron
que habían utilizado esta tecnología para crear tres imágenes
breves que aparecen en las transiciones de la película.
Posteriormente, el equipo de diseño gráfico trabajó sobre ellas y
las modificó para incorporarlas al resultado final.
La decisión provocó críticas, especialmente entre profesionales y aficionados preocupados por el impacto de estas herramientas sobre el trabajo de los artistas. En el caso de Late Night with the Devil, su utilización fue limitada, pero abrió una conversación que el cine tendrá que seguir afrontando: dónde está el límite entre utilizar una herramienta para apoyar un trabajo artístico y emplearla para reemplazarlo.
Y, tratándose de una película que habla precisamente del poder de las imágenes y de nuestra confianza en lo que vemos, la polémica tiene una ironía bastante particular. Lo curioso es que esto estallo en pleno 2024, ahora mismo dos años después, tenemos producciones como The Asylum (que de sinvergüenza saben un huevo) realizan producciones como La Odisea con ia Master of Universe con todo el descaro.
Dos películas, una misma inquietud
Al final, Ghostwatch y Late Night with the Devil comparten una idea que va mucho más allá de sus fantasmas y manifestaciones sobrenaturales.
Ambas utilizan un medio que conocemos, reconocemos y al que concedemos cierta credibilidad. Una retransmisión televisiva tiene sus códigos, sus presentadores y sus convenciones. Estamos acostumbrados a interpretar todo eso como parte de una emisión real.
Ghostwatch aprovechaba esa confianza para hacernos creer que asistíamos a una investigación paranormal. Late Night with the Devil utiliza el espectáculo nocturno para mostrarnos cómo la necesidad de entretener, conseguir audiencia y mantener el control puede terminar abriendo una puerta que nadie sabe cerrar.
Una mira hacia el periodismo y la televisión pública británica;
la otra hacia el entretenimiento estadounidense de los años setenta.
Pero las dos terminan jugando con la misma pregunta: ¿qué ocurre
cuando dejamos de ser simples espectadores y empezamos a creer que
aquello que aparece en pantalla está sucediendo de verdad?, y
quizá ahí esté el verdadero terror de estas dos películas.
Porque no siempre hace falta que un monstruo salga del televisor para asustarnos. A veces basta con que alguien consiga que confiemos demasiado en lo que estamos viendo.
Y aquí termina mi especial de Halloween , muchas gracias por llegar hasta el final y te deseo un feliz noche de brujas.

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